Escribo este post en respuesta al post de mi amigo Osbservador Consistente, Estampida en el Museo, que ha publicado en su blog Papanatismo Esférico después de unas fantásticas vacaciones en el París de principios de siglo, donde tanto arte y tanto movimiento callejeaba porla ciudad inundando el aire de sed de verdad.
Ahí va…
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Cómo te entiendo, y cómo me tranquiliza leerte. Por dios, y encima es que has ido en agosto, pero es que en febrero en Madrid es lo mismo.
Yo fui tres veces a ver la expo de Modigliani en el Thyssen porque me tiene cogida por dentro, pero eso lo contaré otro día. Y en todas y cada una [además del resto de exposiciones por supuesto, pero éstas por comparación] había cincuentonas que se paseaban comentando como quien comenta el traje nuevo de la hija del vecino; ejecutivos de estos de traje barato que se pasean muy dignos y que necesitan algo que conversar cuando vayan a una comida de negocios y no se dan cuenta de que no están viendo nada, que no les está llegando nada, que no están aprendiendo nada del arte que está justo enfrente de sus narices; matrimonios aburridos de la vida con sus cascos de orientación que se sientan enfrente del cuadro con miradas de interesados como si en realidad estuvieran absorbiendo la información, trasladándola a la pintura y entendiéndolo todo en un destello de iluminación divina. Y sólo están de paseo, sólo están intentando aparentar y crear esa apariencia, y sólo están escuchando historia. Sólo están intentando, porqué no entienden porqué están allí.
Pero nadie mira el cuadro. Las pinturas están ahí, y hablan, y transmiten [con Modigliani yo lloraba incluso con los ojos cerrados].
¡Hay tanta fuerza en los museos generada por el arte! Para eso se crea, por favor: ¡Para gritar al mundo!
Y hay tantas sanguijuelas que llegan con sus ropas de sport y con su desprecio, ya interiorizado en ellos mismos, de tanto mirar sin ver, de tanto dejar que la visión de los poderosos les moldee el mundo sin que se hayan dado cuenta. Están tan cansados, que cuando llegan a ver algo que se ha creado precisamente para luchar contra la mediocridad, sólo ven mediocridad, porque no encuentran dentro de sí mismos respuesta para otra cosa.
Pero para mí, lo mejor, es que el arte sigue ahí, y sobrevive con fuerza y cuando el museo se queda vacío, entonces es el momento, entonces se respira el tono, la ambición, la desvergüenza, la sensualidad, la protesta, y el amor, siempre el amor. Eso es el arte.