Enmedio de un entramado de calles que se cruzan y enlazan, elijo.
Y camino.
Ando recto por una desviación elegida al azar, siempre desde un lugar conocido: el punto de partida. Recto es seguro, el camino más corto para llegar a dónde sea que vayan las calles, y a dónde sea que vaya yo.
En el fondo, es una estrategia con vistas a futuro, el poder recordar cómo volver sin que sea casualidad: Recto, desde la calle conocida.
Avanzo, y las calles que cruzan a mi camino quedan como tentaciones que invitan a la desorientación, al misterio. Elige una de éstas, y entra en un lugar que no vas a ser capaz de volver a encontrar. Un umbral temporal y único a un mundo mágico pero, sobretodo, desconocido… Es tentador.
Tengo hambre.
Y en esta calle no hay restaurantes. La constancia, y el deseo de amarrar lo que sea que pueda encontrarme, como si sólo la orientación jugara en la perennidad, y no la memoria, me impide girar.
¡Qué bonito es que todas las calles desemboquen en placitas con terrazas perfectas! Un saxofonista delicioso…
Lo siguiente ya es girar en el momento apropiado. Y continuar, de nuevo.