Veo dos ediciones de un mismo libro, traducidas por diferentes entes.

Leo la primera página.

Leo la primera página.

Sensación tengo de no leer la misma obra.

Vacío y frío invádenme.

Miro hacia arriba: Una estantería entera de libros de extranjeros traducidos por gozadores de la no-presión que aporta el anonimato empieza a latir fuerte fuerte. Multitud de libros. Multitud de traductores. Interpretadores. Transformadores. Anónimos e invisibles. Libres. Intrusos entre mi personita y el maravilloso autor.

Horror.

¿Y si durante todo el tiempo he estado leyendo a traductores, autores camuflados, en lugar de a los verdaderos escritores, a los mitos deseados? ¿Dónde quedan las verdaderas palabras, el orden de las frases, la elección de sutilezas?

¿Aprender debo, idiomas, para eliminar la incómoda vestimenta que nos separa (al autor y a mí)? ¿Alemán, latín, inglés, japonés, ruso, francés?

¿Factible es? ¿Purista soy? ¿Iniciar debo, una mirada atenta al invisible mediador?