La vida putrefacta

Te están tocando. Una mano sebosa y putrefacta se ha posado en tu hombro. Levantas la vista y te encuentras una cara redonda, sonrosada como una gamba, ¡que está sonriendo! No para de hablar. Ni siquiera sabes exactamente qué es lo que dice.

Solo un pensamiento se repite en tu mente: “No quiero que el vaho que produces al hablar contamine mi aire”. Pero no, no lo dices. Te mueres de miedo de que, al abrir tu boca un poco de esa mierda se te meta dentro. O tal vez es que temes ser descortés.

Cada vez más manos sebosas y putrefactas te soban y te llenan de moho. Ocupan tanto espacio que tienes que tropezarte con ellos para poder moverte.

Solo quieren ser amables. No dejan de hablar. No pueden. Que si qué tal, que ellos van tirando y que recuerdan con nostalgia aquellos tiempos de ficticia libertad del instituto. Piel de gamba sudada con sal que solo quiere mantener una relación superficial contigo. Restregarse contra ti como ritual de la cultura de socialización masiva.

Pero tú no lo entiendes. Tu esquelético y patético cuerpecillo está impregnado de una pasta grumosa que se esparce y multiplica por segundos. Hueles mal. Este olor no te lo vas a quitar en la vida. Y no dejan de restregarse contra ti. Que si los lunes qué malos son, si el finde muy corto y que el viernes ya queda menos para el lunes. No puedes dejar de pensar en tu piel impregnada de ese sebo putrefacto. No dejan de aparecer grumos en tu piel formando una superficie cada vez más opaca, pastosa y lunática.

Quieres salir de esa marea de gente pero ni siquiera te atreves a gritar, no vaya a ser que se te acabe metiendo algo en la boca. Protégete cuanto puedas, pero ningún agujero de tu cuerpo está a salvo, que cierres con fuerza todos tus esfínteres no te va a servir de nada. Aunque, si lo piensas bien, que tus oídos se llenen de esa mierda gris marengo igual permite que dejes de escuchar ese murmullo social de gilipolleces eternas.

La masa se restriega contra tu putrefacción adquirida y tu única alternativa es levantar los brazos y apoyarte en ellos: tocarles, sí, ¡tocarles! Para hacerte paso y poder salir de toda esta mierda.

Pero no lo haces. De todas, todas, prefieres no tocarles. Eliges esquivar sus cuerpos y sus manos de vida podrida sin rumbo fijo.

Muy poco inteligente por tu parte, sí. La presión social te está nublando el juicio.

Ya te darás cuenta. Cuando te veas arrinconado en la pared opuesta a la puerta, temblando, mientras la pasta podrida se cala por tus poros convirtiéndote en lo que siempre odiaste: uno más.

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