Los Story Cubes de Nelia

Amiguitos, ¡tengo algo que contaros!

Tengo un juego nuevo. Se llaman Rory’s Story Cubes y son unos dados de azar con dibujos que debo enlazar literariamente formando una historia. Estoy muy contenta con las ideas locas que me están saliendo y me lo estoy pasando fenomenal escribiéndolas.

Puedes encontrar todas las historias pasadas y futuras en el hashtag en Instagram #storycubesneliah. Espero que te gusten y que, por qué no, continúes tú alguna de las historias. ¡Me encantará seguir el juego contigo! ¿Qué me dices? ¿Te animas? ¡Ojalá lo hagas!

Aquí te dejo una de mis historias para que veas lo que este maravilloso y creativo juego puede dar de sí.

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Amancio se encontraba en su paseo matutino cuando frente a sus narices se estrelló ¡un cohete! ¡Oh, amiguitos, EL CAOS HABÍA LLEGADO A LA CIUDAD! ¡La gente se había vuelto loca! Asaltando escaparates, vaciando los estantes de los supermercados, peleándose por un bote de tomate. ¿Qué misterioso gas había desperdigado el temido cohete que hacía a todos reaccionar así? ¡Solo los que llevaban cascos eran inmunes! ¡Eh! ¡Mirad! ¡Allí hay uno enterrando un secreto! ¡Vamos a ver qué hace! ¡Televisiones, venid aquí! Que tengo que hacer unas declaraciones. ¿Cómo? ¿Un regalo? ¿Para mí? No lo habrás robado, ¿no? Que he visto mucho saqueo por aquí. O, peor, ¿no estarás intentando comprarnos? Venga, cuéntanoslo en secreto aquí en la tele ahora, que no nos está viendo nadie. ¿Qué será, será el regalo del caos? ¿Lo habrá traído el cohete? ¿Estará infectado? ¿Será este el fin de la humanidad? Yo siempre he pensado que la humanidad solo puede llegar a su fin a través del amor. Es la fuerza más poderosa. ¿Será de amor de lo que está compuesto el gas misterioso del cohete que solo se puede oír y no oler?

Eres un intruso

Eres un intruso y nunca vas a dejar de serlo.

Lo sabes muy bien y por eso mientes cada día. A todos los que puedes.

Te gusta ese mundo, ¿verdad? Lo has estudiado a fondo y crees que hay una fórmula, una manera de comportarse, unas costumbres que son adquiridas. Puede que creas que ese mundo está lleno de mentiras, de apariencias. Y aún así quieres formar parte de él. Porque en el fondo no puedes creerte que haya alguien que sea de verdad así.

O puede que eso ni siquiera te preocupe y lo único en lo que seas capaz de pensar es en mantenerte a flote en un mundo que ni siquiera pensaste que podrías alcanzar.

¿Acaso los auténticos triunfan? Tú lo dudas. Bueno, más bien dudas que haya auténticos.

Tal vez pienses que con esos comportamientos, que crees establecidos, estás siendo un verdadero auténtico. Sí, tal vez lo que ocurre es que eres tan ingenuo como para creer que eres lo que dicen tus mentiras. Seguro que crees que lo que te inventas está funcionando de verdad.

Sí, eso es lo que crees. Y lo crees porque estás creciendo.

Pero algún día caerás. Tú y tus mentiras caeréis porque es imposible que nadie se lo trague, que nadie te trague. Y si ahora se lo están tragando es porque están viendo un filón que pueden aprovechar a pesar de todo.

También es probable que lo que ocurra es que la ingenua soy yo por pensar que solo los auténticos sobreviven en el mundo del arte. Pero no, aquí no se trata de sobrevivir. Se trata del éxito. No me imagino a un Picasso actuando su mal genio o a un Modigliani mintiendo (a parte de para seducir a sus amantes). Tal vez es que quieras que yo sea una amante y solo nos estás mintiendo a nosotras aprovechándote de los éxitos que has conseguido. Puede que por eso lo hagas tan mal, porque no tienes práctica. Pero no, no es eso. Lo haces demasiado automático. Tú de verdad dudas que los auténticos triunfen. Pero yo no. Creo que lo que ocurre es que no eres capaz de serlo.

Mientes para hacerte el interesante pero no es muy difícil pillarte. Ni para mí ni para el resto del mundo. Porque no mientes bien. No sabes. Eres demasiado intruso y no conoces bien el mundo del que quieres formar parte. Ni lo conocerás nunca.

Así que tengo que decirte: por favor, deja de mentir.

No perteneces a ese mundo. O mejor, miente cuanto quieras, pero recuerda que tus mentiras puede que engañen a alguien, pero a ti nunca.

Y eso te perseguirá siempre.

Ten una estrategia

Deja de aporrear las rejas y gritar como un condenado sin salida.

Sepárate, aléjate de ellas y párate a pensar. El roce con esos límites de hierro solo te está quitando fuerzas. Ve al centro de la celda, lo más lejos posible de tus límites, y amplía tu espacio todo lo que puedas.

Ahora respira. Respira y estudia todas tus posibilidades. Toma conciencia de dónde estás y piensa si los demás pueden ayudarte. Y si es así, grita. Grita para que otros puedan sumarse a tu lucha. Pero no desveles tu estrategia. Recuerda que el grito forma parte de la estrategia y que nunca es un objetivo.

Grita. Pero no llegues al límite y pierdas los nervios. Aléjate de las rejas. Ellas son ahora tu límite. Y recuerda: nunca, nunca, hagas lo que hagas, nunca pierdas tu espacio. Tu espacio es tu área de acción, es lo que te permite moverte para reaccionar.

Algunos de ellos intentarán meterte en celdas cada vez más pequeñas para arrebatarte tus fuerzas. Debes estar preparado para eso. Entrena tu mente a diario para ampliar tu espacio, para arrebatar a la realidad tu campo de acción. Tu mente es lo único que tienes cuando estás aprisionado. Es lo único que te puede sacar de ahí.

Entrena. Entrena cada día las cualidades que te sacarán de ahí. Avanza pequeños pasos en silencio dentro de tu espacio para, llegado el momento, poder dar el GRAN paso.

Siempre hay una salida.

La vida putrefacta

Te están tocando. Una mano sebosa y putrefacta se ha posado en tu hombro. Levantas la vista y te encuentras una cara redonda, sonrosada como una gamba, ¡que está sonriendo! No para de hablar. Ni siquiera sabes exactamente qué es lo que dice.

Solo un pensamiento se repite en tu mente: “No quiero que el vaho que produces al hablar contamine mi aire”. Pero no, no lo dices. Te mueres de miedo de que, al abrir tu boca un poco de esa mierda se te meta dentro. O tal vez es que temes ser descortés.

Cada vez más manos sebosas y putrefactas te soban y te llenan de moho. Ocupan tanto espacio que tienes que tropezarte con ellos para poder moverte.

Solo quieren ser amables. No dejan de hablar. No pueden. Que si qué tal, que ellos van tirando y que recuerdan con nostalgia aquellos tiempos de ficticia libertad del instituto. Piel de gamba sudada con sal que solo quiere mantener una relación superficial contigo. Restregarse contra ti como ritual de la cultura de socialización masiva.

Pero tú no lo entiendes. Tu esquelético y patético cuerpecillo está impregnado de una pasta grumosa que se esparce y multiplica por segundos. Hueles mal. Este olor no te lo vas a quitar en la vida. Y no dejan de restregarse contra ti. Que si los lunes qué malos son, si el finde muy corto y que el viernes ya queda menos para el lunes. No puedes dejar de pensar en tu piel impregnada de ese sebo putrefacto. No dejan de aparecer grumos en tu piel formando una superficie cada vez más opaca, pastosa y lunática.

Quieres salir de esa marea de gente pero ni siquiera te atreves a gritar, no vaya a ser que se te acabe metiendo algo en la boca. Protégete cuanto puedas, pero ningún agujero de tu cuerpo está a salvo, que cierres con fuerza todos tus esfínteres no te va a servir de nada. Aunque, si lo piensas bien, que tus oídos se llenen de esa mierda gris marengo igual permite que dejes de escuchar ese murmullo social de gilipolleces eternas.

La masa se restriega contra tu putrefacción adquirida y tu única alternativa es levantar los brazos y apoyarte en ellos: tocarles, sí, ¡tocarles! Para hacerte paso y poder salir de toda esta mierda.

Pero no lo haces. De todas, todas, prefieres no tocarles. Eliges esquivar sus cuerpos y sus manos de vida podrida sin rumbo fijo.

Muy poco inteligente por tu parte, sí. La presión social te está nublando el juicio.

Ya te darás cuenta. Cuando te veas arrinconado en la pared opuesta a la puerta, temblando, mientras la pasta podrida se cala por tus poros convirtiéndote en lo que siempre odiaste: uno más.

Era un regalo

–       ¡Aaah! ¡Me han robado el brazo!

La chica sin brazo corría y sangraba. Mucho. Ríos. Mares. Y gritaba, vaya que si gritaba. De dolor, sí, pero también de rabia.

El brazo que todavía tenía y su cuerpo descompensado iban de un lado a otro haciendo algo parecido a correr.

–       ¡Has sido tú! ¡Devuélvemelo!

La sangre salía y ella lloraba. Corriendo. Gritando. Y los ríos de sangre la manchaban por completo.

–       ¡Eh, tú! ¡Para! ¡Me has robado el brazo!

Paró en seco.

–       No te lo he robado.

–       ¡Pero si lo tienes ahí!

El brazo chorreaba sangre y se estaba quedando ya morado.

–       Tú me lo diste…

–       Pero es que… ¡te quería!

–       Pero si yo solo te dije ‘hola’ y que qué tal…

–       Sí…

–       ¿Por qué me lo diste?

–       ¡Devuélvemelo!

–       Pero ahora iba a ser todo tan bonito entre nosotros… Te cogería del brazo y pasearíamos de aquí a Cuba, los dos juntos. Con todos nuestros brazos, claro.

–       Es… bonito eso que dices…

–       Tú ya no vas a podértelo poner. Reconócelo, ya nunca volverá a ser lo mismo… Y yo ahora te quiero.

–       Quiero mi brazo.

–       ¿Por qué me lo diste?

–       ¡Porque era un regalo!

–       …

–       ¡Devuélvemelo!

Y allá que se fue ella con su brazo ensangrentado bajo su otro brazo. Llorando. Y sangrando. Muy lejos. Y completamente sola.

El pez

Allí todavía recuerdan aquel día que saltó el pez. En la pecera no hay corrientes. No hay excusas.

Fue totalmente intencionado, lo dice todo el mundo. ¿Quién en su sano juicio querría saltar a un mundo en el que sabe que no va a poder respirar por mucho tiempo?

Se rumorea que fue por el calor. El fuego de la chimenea se reflejaba cada noche en los cristales de la pecera insultantemente. El pez solo, cada noche, veía a través del cristal todo el amor, el calor. Y sentía, desde su agua fría y sin corriente alguna que trajera novedades, una envidia malsana. Y así cada noche. Y cada día esperando la noche. Y cada noche deseando el calor. Y cada día. Y cada noche. Y cada día otra vez. Solo.

Hasta que saltó.

Algunos todavía conservan grabada en su mente la imagen patética del pez coleteando en el suelo de la alfombra. Soñaría con otros mundos, quién podría saberlo. Dicen que fue el amor lo que le impulsó a saltar. Una vida llena de calor compartida con un ser de infinita bondad, ese al que veía cada noche perderse en el fuego al pie de la chimenea. Ese que estaba solo, como él.

Suena difícil de creer. Ya se sabe cómo son los rumores. Al final la historia se va llenando de detalles y exageraciones… y uno acaba oyendo un cuento muy romántico y bonito, pero nada verosímil. Aunque, digan lo que digan, salir de la cómoda agua fría por amor es bonito. Romántico. Y más. Salir del agua por amor es el ideal del amor. Huir del frío conocido. Aventurarse al calor extraño. Seguro que le hubiera gustado volver al agua cuando quisiera. Para aguantar más fuera, claro. Antes de acabar muriendo.

Pero una vez que saltas, ya no hay vuelta atrás y lo inevitable es inevitable.

Tardó varios minutos en morir. El fuego ni siquiera estaba encendido todavía. Debió de haber pensado en esperarle ya fuera, para que supiera qué es lo que se siente cuando alguien a quien quieres te espera en casa. El pez le quería de verdad, le idolatraba, siempre dando vueltas y vueltas para mirarle una y otra vez. Y vueltas. Y vueltas. Todo el día lo mismo.

Pero eso no sirvió de nada. El amor. El amor no sirvió. Su corazoncito de pez dejó de latir demasiado pronto, justo antes de que llegara él.

Y él llegó, por supuesto que llegó. Y lo vio ahí tirado, acabado en la alfombra. Y entonces, por alguna extraña razón, la tristeza le invadió de tal manera que no lo pudo soportar y murió. De amor. Solo.

Eso dicen.

La respuesta de la bondad

Ella va a ir después a pasárselo bien. Con otro. Si llega a tiempo. Si yo llego a tiempo para que ella llegue a tiempo. Hace siglos que no veo a mis colegas. Tengo algunos asuntos que arreglar. Y me pregunta que cuánto voy a tardar. Está en la calle sin llaves, pero sobre todo se tiene que ir a cenar. Con otro. Si llega a tiempo. Si yo llego a tiempo para que ella llegue a tiempo. Pues no lo sé. No depende de mí. Ahora estoy con otros. Ella no responde a mis mensajes cuando está con otros. Está esperando, lo sé. Tiene prisa, también lo sé. Quiere que me vaya cuanto antes a casa para que ella se pueda ir a cenar. Con otro. Si llega a tiempo. Si yo llego a tiempo para que ella llegue a tiempo. Ni siquiera quiero que vaya. Me cae mal. Sé cómo son los tíos y ese tío no es trigo limpio. Sería inevitable llegar un poco más tarde. Lo justo. Nadie podría saberlo. Un poco más de tiempo con mis colegas. Unas risas. Riendo por fuera y contando los minutos por dentro. Solo un poco más tarde. Lo justo. Nadie podría saberlo.

Me voy a acordar de esto toda mi vida. Lo que decida esta noche marcará para siempre el tipo de persona que soy. ¿Y qué tipo de persona soy? ¿Soy de los que joden porque están jodidos? ¿O de los sacrificados rencorosos? Podría recordarle esto toda su vida. Ella va a ir después a pasárselo bien. Con otro. Si llega a tiempo. Si yo llego a tiempo para que ella llegue a tiempo. Sería inevitable llegar un poco más tarde. Lo justo. Nadie podría saberlo.

Pero en realidad la persona más buena del mundo no estaba pensando nada de eso. Solo en que su novia le necesita y quería ir todo lo rápido que pudiera. Para que pueda ir a pasárselo bien. Sin más.